jueves, 13 de julio de 2017

LAS MEMORIAS DEL FLETILLA DE LA BARZOLA (VI)

En ocasiones la inspiración se encuentra cerca de la calle y   lejos de la guitarra. Jamás he creído en aquella frase qie dice que la inspiración debe pillarnos trabajando. Más que nada porque trabajar sin parar en una obra artística lo que conduce es al engollipamiento musical y /o literario y a crear productos con gran olor a prefabricado.

Estar inspirado es un estado indefinible y difuso, una suerte de paroxismo nacido del hallazgo de una idea presuntamente cojonuda – aunque probablemente lamentable- e hijo de la adrenalina producida por una combinación de brutal autoconfianza  con la promesa de un arrollador éxito que alimente el lado  más narcisista del compositor.    
                   
O chispa más o menos.

Que por cierto, me gustaría aclarar una cosa. Muchos de los lectores de estas humildes memorias se sorprenden de la riqueza de mi léxico y  la trabajada sofisticación de mis frases subordinadas. No deberían.

No en vano, como saben muchos de mis más fieles seguidores, soy Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Hispalense y lector voraz de novela, especialmente negra, aunque también de otras tonalidades. Cosa distinta es que,   al acercarme al lenguaje carnavalesco, a la composición de carnaval, aplique agua a  la paleta de colores, diluya la sofisticación, me  acerque al pueblo llano, sin perder un toque de matiz culto que pueda satisfacer al paladar más exigente.

Pero una cosa sí que digo y siempre defenderé. Hay palabras que no están hechas para la composición carnavalesca. Entre ellas destacan sobremanera las palabras “conyuntura” “bursátil” y la propia “sobremanera” y “otrosí”. “Sin ambages” y “resiliencia” pueden servir para un popurrí, pero cuidado, nunca en la misma frase.

Y nunca, pero nunca jamás, utilizar una de esas palabras como final de frase cuando haya quejío y/o octavilla zumbona. Cierre los ojos el lector e imagine al Telerita entonando “ Sobremaneraaaaaaaa”  a toda garganta, como si fuera El Piojo y El Pellejo dándole a “Los inmortaaaaaaaaleeeeeeeeeeeeehheeeeehhhhhhhhh”.

Abandonando la disgresión (chuparos esa) y retomando el asunto de la inspiración,  como ya se narró en el capítulo anterior, la coyuntura carnavalesca de mi keli invitaba a Las Musas a salir despavoridas a los sones del “Novio de la Muerte”. Así que seguí el camino de Clío, Talía, Erato, Euterpe, Polimnia, Calíope, Terpsícore, Urania y Melpómene y me fui a la calle, a la busca de algún bache (o bar, que dicen los no gaditanos)  con la intención de poner en mi cuerpo alguno de los elementos químicos necesarios para la pócima de la inspiración.

Y como no podía ser de otra manera, acabé en Triana, no esperando gran cosa pero a la vez con la vaga expectativa de vivir una noche memorable. Exactamente igual que una abonado de La Maestranza antes de una corrida de Curro Romero.

En esas hice el paseíllo a la parroquia con barra en “ele” y suelo anteriormente cubierto con serrín (Sanidad, reflexione sobre la prohibición)  cuyo rótulo exterior reza “Taberna El Picador” y en realidad es mejor conocido por – y simplemente- el nombre de pila de su Virrey, que no dueño.

Manué. Vamos al Manué. Vengo de casa Manué. ¿Dónde estás? Donde Manué. Pues eso. Nada nuevo. El Manué. 

Manué y su eterna cara de cabreado, Manué, sus tres tapas y su infinita carta de vinos y licores. El cartel de “Se prohíbe el cante” más fariseo de la historia de Triana. La licencia de apertura  y horarios más flexibles de la flexible historia del arrabal marinero en materia de ordenanzas municipales.

La Parroquia de San Manué, con sus santos por lo civil y por lo penal.

-Buenas noches a todos menos a uno.

Aquel saludo se había convertido prácticamente en un mantra social del carnaval sevillano, a veces incluso con acierto. Y en ocasiones incluso con acierto doble.

-Buenas noches- Respondió un coro de  siniestros personajes, acodados en la barra de la taberna.
-Buenas noches Fleti- dijo Manué, con aquel saludo con matiz de pregunta que  esperaba la comanda de bebida y /o tapa.
- Un botellín fresquito. Gracias.
-Aquí tienes.
-¿ Qué animá está la cosa hoy, no?

Manué, que con el paso de los años había convertido su taberna en la Suiza carnavalera sevillana, me miró con neutralidad ginebrina. Aun así pude detectar un brillo socarrón en su mirada.

A dos metros el Churra y sus adláteres. A cuatro el León de San Marcos y sus amigos, los intelectuales carnavalescos.

Al Churra hacía años que no lo veía. Al León me lo encontraba con frecuencia por los bares del barrio, aunque rara vez nos dirigíamos la palabra. La tensión era comparable a la que se vive en el COAC cuando el Secretario del Jurado pronuncia  la mítica frase “ En la Ciudad de Cádiz”. Las dos tertulias fingieron continuar con su conversación, pero el juego de miradas no tenía nada que envidiar al de la última escena del  “Bueno, El Feo, y el Malo”.

Viéndome sólo Manué se esforzaba en darme palique. Que si sus niños, que si el Betis, que sí qué tal el homenaje al Telera Viejo…Y yo, que soy hombre de poco disimulo, le debí responder con tanta malage que el ínclito tabernero terminó mandándome a la celebérrima Venta. 

-Ahora hablamos Fleti, que tengo que hacer cosas en la cocina.

Aunque en realidad sonaba a “que te den por culo” y “ quédate ahí con estos dos”.

Me sumergí en mi botellín fresquito, aunque tratando de escuchar disimuladamente las conversaciones de mis dos archienemigos.

El Churra:
-El pasodoble de “Los Cundi”, perdonadme, pero es un pelotazo.  Y no se me valoró en Cádiz, para lo bueno que era. EL trio era pa comerme los huevos. De la Viña total. Porque yo amo esto desde chico y tengo ese duende de Cai. Lo quieran reconocer o no….

Tan modesto como siempre.   El Farfolla y el Cucu lo miraban con arrobo.

El León:
-Las últimas comparsas del Jona me dejan altamente indiferente. Es incomprensible que haya caído en la reiteración de temas, estructurando su discurso compositor en unas líneas de atavismo carnavalesco, que, en mi humilde opinión, rozan lo “kirsch” y sabeis que yo nunca me equivoco con estas cosas…

Otro modesto, aunque al menos  había reconocerle el don de la oratoria y cierta belleza exótica pero muy atrayente. A su lado, barbados caballeros, El Palaustre y el Fósforito, tan intelectuales como él, deseando que se callara para meter su discurso igualmente pedante y lleno de palabras extrañas.

A pesar de mis muchos años de vida carnavalera – un año de vida como carnavalero vale por siete humanos -   y de lo cínico que es este mundo, no dejo de tener un cierto espíritu infantil que me lleva  a esperar lo mejor de cada persona y a recordar con nostalgia aquellos buenos momentos vividos. Y con aquellos seis (Churra, Cucu, Farfolla, León, Palaustre y Fósforo) viví uno de los momentos más gloriosos dela historia del carnaval sevillano.

El Coro Los Albañiles de la Giralda. El primer Coro de fuera de la provincia de Cádiz.

Es el momento de abrir mi Cuaderno Rubio.  Si, sé que hoy tocaba cronológicamente mi debut en el Falla, pero el arte a veces es caos, y este salto en la historia ha venido como maza al bombo, tenéis que reconocerlo.
Año 2003.

Un histórico autor gaditano y un adolescente majara trianero (De cuyos nombres me acuerdo perfectamente pero han amenazado con demandarme si los uso) se coaligan para poner en marcha un proyecto de locos: un Coro desde Sevilla, el primero en la Historia.

Tras unos comienzos difíciles el Coro fue tomando cuerpo con una mezcla de chavales del barrio (¿Dónde estarás ahora, Platita?), de componentes turistas del carnaval y un puñado de escogidos carnavaleros sevillanos, entre ellos  El Churra y yo, más nuestros inseparables Cucu y Farfolla. Incluso llevábamos una chavala de pueblo que decía que tocaba la bandurria (aún sigue sin demostrarlo).

Enero. El ensayo de aquella noche era esencial. Por vez primera se había podido reunir la orquesta al completo, y además venía el autor a darnos las últimas instrucciones antes del debut en el Falla.

Sin embargo, el local del ensayo- en el Mercado de Triana- estaba cerrado y nadie tenía las llaves. Drama y pánico en las filas coristas, hasta que un iluminado tuvo una magnifica idea:

-No hace mala noche. Poneos los abrigos y ensayamos abajo del Puente de Triana.

Y allí que nos fuimos. Alegremente formados, con la orquesta a los pies del río,  delante como corresponde a un coro y la cuerda de bajos casi apoyada en la muralla del Castillo de la Inquisición entonando los añejos tangos gaditanos que nos había preparado el autor de nombre prohibido.

El relente no podía con nosotros. La ilusión de aquellos más de cuarenta sevillanos (y algún gaditano) fue capaz de sobreponerse a todas las dificultades y llevar de la manera más digna posible un tango desde el mismo Guadalquivir hasta la plaza Fragela.

Podría ponerme poético y decir que aquella noche un barquito de coplas descendió el Río que une Sevilla con Cádiz, pero prefiero ser más prosaico  y decir que aquella noche fue el principio del final de la inocencia del Carnaval de Sevilla y el comienzo de la era moderna.

Cierro el cuaderno rubio y me llevo el botellín sin que Manué se dé cuenta. Bajo por el Callejón de la Inquisición y me siento debajo del puente de Triana, pero mirándolo desde la izquierda. Enciendo un Chester y miro las luces reflejadas en el ancho cauce del Río.





Y de repente, rodeado de aquel inspirador entorno, me acuerdo de un carro de caballos a modo de batea, entrando en la plaza de Las Flores con cuatro tíos vestidos con la camiseta del Betis.

Y me parto el carajo, como aquella noche. No, no la noche de aquel ensayo.

Otra noche…

Yo tengo un barrio…

(continuará)

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