domingo, 2 de julio de 2017

LAS MEMORIAS DEL FLETILLA DE LA BARZOLA (V)

Cafelito por delante. Cigarrito liao. En la pared dos posters. Uno de Led Zeppelin, si ese, el del Jimmy Page con el traje negro de las luces rojas y blancas. El otro la comparsa Calabaza en el escenario del Falla. Antiguos, y cada uno a su manera, increíblemente modernos aún décadas después de sus épocas de gloria.

Aprovecho para decirte Antonio – sé que me lees-  que La Eternidad y los Cobardes son dos pedazos de comparsas, pero la ingenuidad que le daba a tus repertorios la voz del Nandi ya no la tienes, picha, perdona que te lo diga. Aunque también tengo que decir, cosas mías, que tus dos comparsas desde la vuelta me recuerdan más a tu primera época que las comparsas “amartinadas” que me hiciste después de romper con Subiela. Muero contigo, Antonio, nunca mejor dicho.

Como decía, cafelito y gigarrito liao. Los dos posters ya mencionados. El Cuaderno Rubio en la mesa, en la sección “Repertorio 2018”

Título provisional “En la yema de tus dedos”.

Guitarra preparada. Meto un acorde y empiezo a hacer compás de pasodoble. Intento una letra de “medía”. Las palabras babuchazo y “fracazo” bailan en mi mente. No, por ahí, no. Todavía tengo muy fresco el fracaso de Los Plumeros Gaditanos, y no me gustaría que la primera letra estuviera teñida de frustración carnavalesca.

Intentémoslo por el camino de la poesía en abstracto. Cierro los ojos e imagino la Alameda al atardecer. Aparece en la imagen El Sheriff componiendo el pasodoble de Los Mosquitos. Su puta madre. Borro la imagen de La Alameda y pienso en La Caleta en baja mar. Aparecen en la imagen el Libi y  Manolito Santander cantando el pasodoble del “Movimiento del 36” y, por razones que no llego a comprender, Faly Mosquera pregonando camarones, con su cálida voz. Así es imposible, carajo.

Ni sentimientos ni poesía gaditana en abstracto. Tiremos de oficio… “En la yema de tus dedos”…Vamos de teclado “Qwerty”… Cádiz tecléame el corazón, Cádiz tu eres el Bloq Mayús de mi inspiración,  por ahí, por ahí pueden ir los tiros…


Meto acorde en la guitarra, compás templaito y solemne. Van saliendo las cosas. No es el mejor pasodoble de mi carrera pero lo importante es la música, que va fluyendo. La idea tiene posibilidades.

Ya me veo  los arreglos de orquesta y guitarra. Ante del remate le voy a decir al cajilla que le dé con las baquetas al borde de la caja, imitando el sonido de un teclado. Cuando lo escuchen se me tira alguno de gallinero pa abajo. Como si lo viera.

Me emociono  en el final del pasodoble, imaginando el ruido de teclado hecho con la caja, y el grupo zumbando por derecho con la frase final del pasodoble:

(tacacatacacatacac)

“Ay Cádiz  has daao en la teclaaaaaaaa”

Me aplaudo mentalmente y e incluso se me escapa un “ole”, emocionado perdido. De repente, del otro lado de la pared, a todo volumen:

“Nadie en el Tercio sabíaaaaaaaa, quien era aquel legionarioooo, tan audaz y temerarioooo que a la Legión se alistooooooó…”

Mi vecino. Juan Telechía. El Alferez Telechía. Ex militar fraquista. Ex director del Banco Hispano Américano. Se dice que sonrió una vez en 1973, pero no nadie lo ha podido asegurar. Me dirijo a la fina pared que me separa del vecino.

- ¿Juan, puede usted bajar la música? Es que estaba componiendo…
- Ya te he oído chavalote. Ya te he oído. Una verdadera mierda de las tuyas. Por eso te he puesto “El Novio de la Muerte” a ver si te inspiras y haces algo que valga la pena.
- Pero verá Juan. Estoy componiendo una comparsa de carnaval. ¿Cómo quiere usted que me inspire en el himno de la Legión?
- Es que yo no quiero que te inspires y hagas una  comparsa de esas. Yo quiero que hagas un pasodoble español, resaltando los valores de la raza española,  con su proverbial e  inquebrantable unión de destino en lo universal y sin desmayo ante la subversión Podemita y  masónica que nos rodea.
- Esos conceptos son mu profundos para un pasodoble, Juan. De verdad se lo digo.
- ¿E ir de teclado es fácil? El Caudillo sí que entendió a los murguistas gaditanos esos...
- Por favor Juan, no empiece...
- ...Prohibiendo las mascaradas sodomitas y los canticos irreverentes en lo social…Y además, niñato, a ver si se te nota que eres de Sevilla, y te cantas una del Pali...
- Sin faltar Juan, que yo.
- ...Que te has creido que eres de La Viña, y eres de la Barzola, por mucho que tu quieras.
- Venga, ¿Ya se ha quedado a gusto Juan?
- No ha estado mal. Ya te dejo tranquilo. Pero si no te importa voy a seguir poniendo recia música española. Le voy a subir un poquito el volumen, que ya sabes que se me quedó  regular el oído cuando lo de Brunete…

“Soyyyy el nooooooooooooooooooovio de la muerte
Que va a unirse en brazoooooo fuerteeeeee"


Con este ruido no hay manera de componer, así que abro el cuaderno Rubio por la sección de  “Memorias” y me zambullo en mis recuerdos de juventud…

    La chirigota “Los bañistas morceguetas, de excusión a la Caleta” se encontraban a días  de su debut en el Falla. Sin embargo, en uno de los últimos ensayos, el cajilla y el bombista, ambos trabajadores de Astilleros Sevilla (si, en Sevilla había Astilleros) nos ofrecieron una terrible noticia:

- Ha dado la casualidad que ambos trabajamos en el mismo equipo, y nos destinan con carácter urgente a terminar un barco  a El Ferrol. Estaremos fuera seis meses. Lo sentimos mucho pero no podremos salir en la chirigota.

Total, que nos quedamos sin percusión a dos semanas de El Falla.Cebero parecía derrotado. Todavía lo recuerdo con su ronca y algo melancólica voz:

- La chirigota estaba buenísima. Pero así es imposible. ¿Dónde encontramos un caja y un bombista en Sevilla? No me queda otro remedio que disolver la agrupación. El año que viene veremos.

Espelunca, el Churra y yo, no nos queríamos rendir. La noche de la noticia estábamos tomando unos litros en el Arenal, en la calle detrás del Arco del Postigo, y comiendo pipas, cuando a Espelunca se le ocurrió  una idea:

- Señores, he considerado, con el permiso de ustedes, que podríamos salvar la situación  de la siguiente forma. En Sevilla hay poca gente que le guste el carnaval. Pero  gente que toque la caja y el bombo hay “cienes”…

Los tres nos miramos con aire cómplice. En tres buches de Litrona,  estábamos en los bajos de la Torre del Oro. Allí estaba terminando su ensayo la Banda de las Tres Caídas:

- Yo conozco a un tío que toca el tambor en la banda. Es amigo de los Salesianos.  El Rodríguez. A ver si se enrrolla- comentó El Churra, al que le gustaba ir de macarra por la vida, pero había estudiado en un colegio de curas.

Cuando acabó el ensayo nos acercamos al Rodriguez. Le comentamos el tema y no pareció importarle:

- Ahora, yo os lo digo. No he tocao por carnavales en mi vida. Y si os digo la verdad ni me gustan, pero por echaros el cable…

El Rodríguez fue de los primeros especímenes que me encontré de lo que he dado en  llamar “Componentes Turistas del Carnaval”. Especie autóctona de Sevilla en cuya descripción ahondaremos en próximas entregas de estas Memorias.

El Rodri cogió a uno tan aburrido como él, Luis Yoldi, de familia bien sevillana, y lo enroló en la chirigota. El Yoldi medía  1.59 y pesaba como 50 kilos, y sin embargo portaba el bombo con   gracioso donaire.

El Yoldi era la demostración de la teoría arcana carnavalesca que describe que el Alfa y el Omega se basa en la  demarcación de Bombista de Chirigota, que o bien son gordos  cual novillo argentino o canijos como el Yoldi, sin posibilidad de solución intermedia.

Espelunca no cabía en si de gozo:
- Os lo juro por mi gente y por mi tierra. Estos dos “shavales” son grana y oro y van a salvar la papeleta.

El Churra y yo, más escépticos, manteníamos una alegría moderada, pero alegría al fin y al cabo. Ahora se trataba de probar a los nuevos percusionistas.

Avisamos a Cebero y  organizamos en un ensayo. Quizás el último.

Cebero formó a la chirigota y se puso al lado de los percusionistas, dándoles  instrucciones sobre el compás a marcar. Cantamos el pasodoble. Paramos un par de veces hasta que los músicos cofrades cogieron el peculiar baqueteo del tres por cuatro gaditano. No fue mal la cosa.

El cuplé. El Popurrí. Los chavales marcaban  los compases perfectamente. No en vano venían de una de las mejores bandas de Sevilla.

Miramos a Cebero. Había que ir al Falla a toda costa. Cebero miró a Ceberito, quien asintió con la cabeza:

- Esta gente vale. Podremos ir al Falla. Aunque vamos a sonar como El Caballo entrando en Campana con “Cristo del Zurraque”…Pero vamos al Falla. Y que el Señor de las Tres Caidas nos coja confesaos...

Espelunca, El Churra y yo nos abrazamos eufóricos y cogimos al Rodri y a Yoldi en hombros, como si fueran – completando los tópicos sevillanos-  Emilio Muñoz y Curro Romero saliendo por la Puerta del Principe.

La Plaza Fragela – aunque yo no tenía ni idea de que existiera tal pintoresca estampa callejera gaditana-  estaba más cerca.

(Continuará)

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