viernes, 9 de junio de 2017

LAS MEMORIAS DEL FLETILLA DE LA BARZOLA (I)


Soy José Luis Compango Martínez. Más conocido como El Fletilla de la Barzola.

Nacido en Sevilla, mi infancia y adolescencia fue la de un niño normal, de esos que juegan al balón en la plazoleta, ligan de poco a nada pero gozan de un exuberante amor propio, en el más amplio sentido de la expresión.

Me propongo escribir mis memorias y pensamientos para dejar constancia al aficionado de las grandes fatigas y duquelas que tuve que atravesar para engrandecer la fiesta que a todos nos une.

Y como es normal, voy a empezar por el principio, no voy ahora yo a ser Martinez Ares y terminar el pasodoble con el pito, que las cosas mejor seguirlas por sus cánones y uno no es El Niño de Santamaría, sino el Fleti, y mejor no sacar mucho los pies del tiesto.

Como digo, fui un niño normal, pero ya desde mi más tierna infancia me notaba diferente al resto. Una vez de chicos fuimos de excursión a Cádiz, y mientras los demás niños hacían el carajote tirando cosas por los bloques del Campo del Sur, yo me quedé arrobado mirando un busto de piedra pelín raro, de un señor con gorra, que parecía querer hablarme. De hecho juraría que llegó a decirme algo parecido a “Yo también nací fuera de Cadíz picha,  y miramé aquí en La Caleta”

La Señorita Maribel, la tutora, me despertó de mi sueño acascarañado, y espetó severa. “Selu, miarma, que se va el Autobús, hijo. Deja de hacer el carajote y vuelve a la fila”.

Total, que le hice caso a la Señorita Maribel, y volví a la fila, no sin antes dedicar una última mirada a la egregia figura de piedra, que juraría se echó la manita al pecho y me guiñó un ojo con picaresca gaditana. O conileña, según se mire.

En el autobús de vuelta fui pensando en el cuasi paranormal suceso. Aquella figura engorrada, aquel aroma a bajamar, aquella luz atlántica…algo en el pequeño Jose Luis Compango había cambiado para siempre, algo tan profundo que el antiguo Selu empezaba a morir y en su lugar empezaba a salir el Fleti que todos conocéis.

Incluso cerré la mano derecha, “ajin” haciendo un puño, y me puse a hacer soniquetes en el cenicero del Bus. Pum, tacatá, ta, ta, ta, ta, Pum, tacatá, ta, ta, ta, ta…

En aquel entonces no entendí aquel gesto, pero hoy lo tengo claro. El veneno del carnaval me había calao hasta en el sentío, corriendo por las venas de mi sangre, y moviendo mi mano derecha al marcar un castizo tres por cuatro sustituyendo mi voluntad por los compases de febrero. (Nota mental: magnifica idea de pasodoble).

Nuevamente la voz de la Señorita Maribel, que ahora que lo pienso fue la primera derrotista de mi carrera, me sacó de mis disquisiciones:

“Selu, miarma, deja de dar toquecitos en el cenicero que no veas la mierda que estás levantando”…

(Continuará)

               

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