domingo, 20 de noviembre de 2016

AMANECIENDO QUINTA PARTE. SONRIENDO QUE ES GERUNDIO.


Permíteme que me ponga cursi. Que sea críptico.

Veras.

Me quedé a mitad de camino entre el descaro y la timidez, y estas cosas necesito escribirlas desde algún parapeto. Aunque las lea todo el mundo.

Antes que nada y como siempre, los antecedentes; que se note la toga.

Integrando el elenco de tópicos y remoquetes sobre mí persona,  y en lugar destacado, se encuentra una supuesta dificultad o incapacidad para reír y una dosificación en extremo rácana de mis sonrisas. Más allá, los más avezados leonólogos se atreven a manifestar que, una vez vista mi sonrisa,  no quedan ganas de repetir.

Sin embargo, a veces parece que el mundo – tan aparentemente caótico- tiende a buscar su propio equilibrio  de forma sutil. El nivel de entropía va deslizándose suavemente - por dónde demonios se deslicen las magnitudes físicas- hacia un pacífico estado de equilibrio.   O quizás es que yo empiezo a ver paz donde antes veía caos, empiezo a imaginarme sentado en una playa al atardecer cuando antes me imaginaba asaltando una trinchera alemana y escucho violines donde antes escuchaba la voz del tío de Los Suaves. Perdona la mariconada.

Pero no, caray, no la perdones. Vamos  a seguir por este camino, tal día hizo un año.

Cierra los ojos por un momento e imagina a tu padre con treinta y algunos años. Barba recién estrenada, todavía negra, calva por estrenar pero amenazante…Si, como en esas fotos que te he enseñado. Si, esas, las que te reconcilian con el posible futuro aspecto de la edad madura.

Y ahora imagíname caminando por un campo minado  durante una batalla, mediando tormenta con granizo y pedrisco –no tengo muy clara la diferencia entre el granizo y el pedrisco más  se trata, carajo,  de dramatizar la escena-, abundante aparato eléctrico, monstruos tenebrosos salidos del averno y todo tipo de putadas variadas.

Pues eso. Para no dar muchos detalles a mis lectores - ese menguante medio centenar de fieles, qué digo, héroes-  quédate con esa imagen y que ella te sirva de resumen para los años que te precedieron.
Una precisión. En relación a los monstruos salidos del averno, conviene decir que los pobres criaturas  no eran tan feas, que incluso hubo más de una de ellas que no estaba nada mal, y en general, la experiencia mereció la pena.

La culpa, como casi siempre, fue del León y de su mente, novelando demasiado, reescribiendo y creando historias épicas de espada y caballería donde sólo había  Quijotes y nunca Dulcineas. Las criaturas del averno nunca tienen la culpa, recuerda lo que te digo.       
    
Pero fueran bellas, luminosas, sublimes, macabras o  tenebrosas, ninguna de aquellas criaturas tenía tu sonrisa.

Y ahí es donde voy.

Con cada una de esas tus sonrisas el nivel de entropía crece como la espuma. Los ruidos amainan, la batalla cesa, los violines suenan, el sol cae sobre el horizonte del El Palmar, firmo el armisticio de Compiegne conmigo mismo,  las criaturas del averno  pasan a los libros de historia. El  de Los Suaves se calla, sube a escena Chambao con sobredosis de "transilium". 

Empieza a soplar una puñetera brisa entrópica y armónica, la hierba  crece verde y fresca, y yo me atrevo a escribir que la hierba crece verde y fresca en mi blog sin  ruborizarme en absoluto y me expongo a las sonrisas torcidas de mis amigos  que leen estas frases sin decírmelo, apostados cual francotirador hijodeputa en las ruinas de Staligrado. Aquí tenéis mi pecho,  mamones, me gustan los atardeceres y la hierba fresca y verde, el Los Suaves se ha callado, y la de Chambao canta "Ahi estás tuuuu" ... así que  disparad., que ya estáis tardando…

Y sonríes. Y escampa. O mejor en gerundio, ha ido escampando. De igual forma que el ruido ha ido cesando, la batalla  acabando. Pero bendito gerundio que implica movimiento, que implica que está atardeciendo, como si pudiéramos hacer que el sol se quede en un eterno descenso y nunca atardezca del todo.  

Y así con todos los gerundios.

Andando, saltando, corriendo, cantando, contando. Para nunca terminar de andar, de saltar, de correr, de cantar o de contar.

Sonriendo. Para, lo has adivinando, nunca dejar de sonreír. Mientras yo me hago el serio.

Sonriendo como tú ahora.

Entre otras cosas porque te has dado cuenta que esta entrada va dedicada a ti.

O a tu sonrisa gemela.   

Eso solo lo sabe papá.