lunes, 9 de mayo de 2016

NARANJAS AMARGAS

Doy por hecho que muchas de mis palabras levantarán ampollas entre los que han digerido como verdad absoluta la versión que de Sevilla han dado tantos tuerceletras como se han atrevido, por exceso o por defecto, a errar el tiro cuando han osado a hablar de mi tierra y de sus habitantes.

Es más cómodo instalarse en la versión maniquea del sevillano, que, aun siendo cierta, sólo araña la honda superficie de la verdad que se esconde bajo tanto verbo florido, bajo tanta mala leche anti sevillana.

No por ser verdad, es verdad que Sevilla es como nos dicen. No por ofrecer una determinada imagen, el sevillano puede ser pintado con trazos tan gruesos como los que exhiben los medios de comunicación, interesados en encasillarnos, pues la verdad profunda no vende, ni es agradable, ni es pintoresca.

Sevilla es la Feria, el Rocío, el azahar de sus naranjos, la falsa alegría de su escaparate callejero.
Pero Sevilla es, sobre todo, la soledad de la ojiva de San Esteban cuando cae el otoño, la reciedumbre del cuerpo de nazarenos de la Quinta, el serrín y la tiza, el desconchón de sus paredes. El recibito, la ayuda, la deuda, el desmayo.

Sevilla, la que yo veo, es ojerosa, la que se levanta cada mañana lamentando no haberse quedado en casa. Sevilla es ir tirando, es repintar la mancha de humedad de sus pesares, es describir siempre lo mismo, sin mirar hacia otro lado, no vaya a ser que alguien se encuentre con la verdad desnuda que encierran sus calles.

Sevilla es la calle Arroyo, es un escueto cartucho de gambas a cuatro euros, una motocicleta asmática que, fiel trasunto del pollino de un tal Sancho, te lleva al encuentro con las miserias de cada día.

Es un anís amargo, un cigarro negro, un mercadillo callejero dotado, paradójicamente, de la mayor dosis de poesía melancólica de la ciudad, esa que pocos saben ver y muchos menos contar.

Es la verdad tras la barra de un bar donde se confiesan los pecados triviales, donde se gestiona y se malgasta la vida.

Y lamento decirle, Señoría, que el sevillano no es gracioso. El sevillano de verdad no tiene ni pizca de gracia. Por el contrario, atesora cantidades industriales de mala leche reconcentrada, una mala leche milenaria y certera, de calidad cuasi literaria, imposible de encontrar en otra parte del mundo.

El sevillano de Sevilla, no el que gusta en Madrid, sino el de La Barzola, el de San Julián, el del Turruñuelo, está dotado de una espiritualidad dickensiana, fatalista, senequista, mal que le pese al tópico.

Puede venderte su cuerpo, su alma, sus palmas, su garganta, puede ser tan barragana como la más puta, puede ofrecerte el cliché para que seas feliz durante media hora, pero cuando te vas, te mira con desprecio. Tu compras, yo vendo, pero no eres de los míos.

La verdad no descubierta de los sevillanos es su tristeza, su melancolía, acentuada por el disfraz que la Historia nos ha obligado a enfundarnos para ser los payasos útiles de Castilla y Aragón.

Sevilla es tan bella como podrida, tan sublime como patética, tan barroca como surrealista.

Sevilla es amarga, como sus naranjas, como sus hijos.

Como tú, que me lees sabiendo que hablo de ti.

Como yo, que a veces te hago caso, y te escribo por encargo, más por fomentar mi gloria que por halagarte. Tu harías lo mismo.

Como nosotros, que envejeceremos pidiendo otra y que se debe, brindando al cielo por la cuarta pata de la mesa, ese miembro amputado que seguiremos sintiendo el resto de nuestros días.

¿Otro Miura, José?



“Absolutamente”

3 comentarios:

Anónimo dijo...

vivo en el número siete, calle melancolía, quiero mudarme hace años al barrio de la alegría

Mercedes Peña MP ABOGADOS DE FAMILIA dijo...

Los has clavado cráneo privilegiado !!

Leon de San Marcos dijo...

Lo de cráneo lo dice usted por el tamaño del mismo, evidentemente.... ;)