lunes, 16 de mayo de 2016

EL ARTE, EL CAOS.


El caos.

El arte nace del caos. También la depresión, la locura, el no levantarse de la cama o el no acostarse, que viene a ser lo mismo, por desgracia.

Y por supuesto la amistad.

En un universo firmemente regido por la estabilidad y la certidumbre tu y yo nunca hubiéramos sido amigos. Pero somos amantes del caos, y de su prima bastarda, la noche, y en realidad estábamos condenados – sí, condenados- a ser amigos pues pocos están dispuestos a mirar cara a cara a la locura.

Podría tirar de costumbrismo y hablar de Triana, de guitarras, de voces rotas por el vino. De tangos, de concursos, pero no te haría justicia.

Quizás sea mejor que use la alegría para definirte, la improvisación, la rima presta. Por más que lleves años empeñado en ocultarte tras una nube negra, sé que no has dejado de ser el mismo de siempre.

Más de una vez te he dicho que tenemos una obligación para con los que ya no están: debemos apurar cada día como si fuera el último; en definitiva, estamos de prestados. Sé que el fondo sabes que tengo razón.

Pero volvamos al arte.

Se cuentan por miles los que intentan ser artistas cada día, ocho horas diarias, con nómina y complementos salariales. Algunas decenas de los anteriormente descritos consiguen incluso engañarnos, engañarse a sí mismos, y pasar sin pena ni gloria al Olimpo trendy y casposo que nos acosa cada día. Vivimos en el ocaso de los gigantes, en el fin del romanticismo.

Una época marcada por este axioma: Los artesanos pasan por artistas, y los artistas no saben que lo son.

Yo, que no soy artista ni por asomo, sin embargo, soy un magnifico espectador. Uno de esos a quien nada le gusta, pues busca lo imposible. Los destellos, por raros, por extemporáneos que sean.

Sabes leer y comprender y por ello me niego a rematar este texto halagándote. Busca tu propia interpretación, y extrae de mis palabras la inevitable conclusión que en ellas subyace.

Por el momento, quédate con este final apresurado:

Si algún día consigues dominar tu caos, tu irregularidad, tu endémica inseguridad, quizás te hagas rico, pero dejaras inevitablemente de regalarnos destellos.

Esa es tu condena.


Aquí un amigo. 

lunes, 9 de mayo de 2016

NARANJAS AMARGAS

Doy por hecho que muchas de mis palabras levantarán ampollas entre los que han digerido como verdad absoluta la versión que de Sevilla han dado tantos tuerceletras como se han atrevido, por exceso o por defecto, a errar el tiro cuando han osado a hablar de mi tierra y de sus habitantes.

Es más cómodo instalarse en la versión maniquea del sevillano, que, aun siendo cierta, sólo araña la honda superficie de la verdad que se esconde bajo tanto verbo florido, bajo tanta mala leche anti sevillana.

No por ser verdad, es verdad que Sevilla es como nos dicen. No por ofrecer una determinada imagen, el sevillano puede ser pintado con trazos tan gruesos como los que exhiben los medios de comunicación, interesados en encasillarnos, pues la verdad profunda no vende, ni es agradable, ni es pintoresca.

Sevilla es la Feria, el Rocío, el azahar de sus naranjos, la falsa alegría de su escaparate callejero.
Pero Sevilla es, sobre todo, la soledad de la ojiva de San Esteban cuando cae el otoño, la reciedumbre del cuerpo de nazarenos de la Quinta, el serrín y la tiza, el desconchón de sus paredes. El recibito, la ayuda, la deuda, el desmayo.

Sevilla, la que yo veo, es ojerosa, la que se levanta cada mañana lamentando no haberse quedado en casa. Sevilla es ir tirando, es repintar la mancha de humedad de sus pesares, es describir siempre lo mismo, sin mirar hacia otro lado, no vaya a ser que alguien se encuentre con la verdad desnuda que encierran sus calles.

Sevilla es la calle Arroyo, es un escueto cartucho de gambas a cuatro euros, una motocicleta asmática que, fiel trasunto del pollino de un tal Sancho, te lleva al encuentro con las miserias de cada día.

Es un anís amargo, un cigarro negro, un mercadillo callejero dotado, paradójicamente, de la mayor dosis de poesía melancólica de la ciudad, esa que pocos saben ver y muchos menos contar.

Es la verdad tras la barra de un bar donde se confiesan los pecados triviales, donde se gestiona y se malgasta la vida.

Y lamento decirle, Señoría, que el sevillano no es gracioso. El sevillano de verdad no tiene ni pizca de gracia. Por el contrario, atesora cantidades industriales de mala leche reconcentrada, una mala leche milenaria y certera, de calidad cuasi literaria, imposible de encontrar en otra parte del mundo.

El sevillano de Sevilla, no el que gusta en Madrid, sino el de La Barzola, el de San Julián, el del Turruñuelo, está dotado de una espiritualidad dickensiana, fatalista, senequista, mal que le pese al tópico.

Puede venderte su cuerpo, su alma, sus palmas, su garganta, puede ser tan barragana como la más puta, puede ofrecerte el cliché para que seas feliz durante media hora, pero cuando te vas, te mira con desprecio. Tu compras, yo vendo, pero no eres de los míos.

La verdad no descubierta de los sevillanos es su tristeza, su melancolía, acentuada por el disfraz que la Historia nos ha obligado a enfundarnos para ser los payasos útiles de Castilla y Aragón.

Sevilla es tan bella como podrida, tan sublime como patética, tan barroca como surrealista.

Sevilla es amarga, como sus naranjas, como sus hijos.

Como tú, que me lees sabiendo que hablo de ti.

Como yo, que a veces te hago caso, y te escribo por encargo, más por fomentar mi gloria que por halagarte. Tu harías lo mismo.

Como nosotros, que envejeceremos pidiendo otra y que se debe, brindando al cielo por la cuarta pata de la mesa, ese miembro amputado que seguiremos sintiendo el resto de nuestros días.

¿Otro Miura, José?



“Absolutamente”

martes, 3 de mayo de 2016

YO ESCRIBO PARA EL PUEBLO.

                
Desde la comodidad de no ser nadie y saber, en mi fuero interno, que esta falta de relevancia será una constante a lo largo de mi vida, encuentro bastante divertido auto analizar mi escritura con la profundidad propia de alguien dotado de un patético exceso de ego. Pero al lío, que me pierdo.

Yo escribo para el pueblo.
                               
Hay bloggers sesudos que están dotados de una gran capacidad de análisis. Los hay que ostentan una gran calidad literaria. No son pocos los que han encontrado un tema arcano y específico, hallando en él una mina de visitas y likes vetada para de medio pelo como el que abajo suscribe.  Los hay que caen en gracia, molan, son mediáticos, y son el eje del interés trendy del momento presente y de los posteriores. Y los hay como yo, que escriben para el pueblo.

En un ejercicio de narcisismo cuasi patológico, vengo analizando mis textos y he extraído una conclusión que hoy debo compartir con mi legión de seguidores: soy al mundo de los blogs lo que los autores de comparsa al carnaval. Me pierde el amarillismo, el sentimiento fácil y nada despreciable me es ajeno cuando de arrancar protagonismo se trata. Mis entradas jamás serán leídas en una convención sobre escritura, pero estoy convencido de que he erizado algún vellito y arrastrado a más de un lector a un sentimiento caletero y lacrimógeno con el devenir de este pseudo personaje de ficción apellidado de San Marcos, de nombre León, tras el cual me disfracé por necesidad y tras la necesidad, por puro placer.
               
En este punto debo detenerme, dejar el flagelo de siete colas en mi virtual mesilla de noche, y echar un vistazo al otro lado de la pantalla, allí donde estáis los que me leéis.  
               
La culpa es vuestra.

Con mayor o menor dosis de ternura, colmillo afilado o preocupación, dependiendo del grado de amistad del lector hacia mi persona, sin duda habéis disfrutado – moderadamente- con el strip-tease cuasi obsceno de cada entrada. Cada vez que abría la cremallera de mi rojo vestido de cuero, más de uno babeaba con la posibilidad de abrir una ventana indiscreta a través de la cual escudriñar un alma ajena.  Por irrelevante que sea mi persona, por fugaz que sea el interés del tema a tratar, sé que vuestras glándulas salivales trabajan a marchas forzadas cuando el título de mi nueva entrada barrunta carnaza sentimentaloide, de igual forma que permanecéis hieráticos cuando anuncio una sesuda reflexión de tintes políticos.

¿Y qué puedo hacer yo, si me desvivo por agradaros? ¿Y qué puede hacer un autor de comparsa cuando, en la intimidad de su casa, escribe un pasodoble? Tal como el Falla ruge emocionado con un pasodoble abundante en fuego, sangre, guerras y divorcios, mi escueta claque facebookera aplaude a manos llenas una entrada rica en pirotecnia  y supuestas revelaciones sobre mi persona,  mientras permanece impasible ante un currado análisis político, con alguna honrosa excepción.
               
No es mi tarea la de educaros, ni está entre mis aspiraciones la de fomentar vuestro interés por la lectura. Hace mucho tiempo decidí hacerme uno con el gentío y darle a la afición el arrimón ante el toro, antes que el muletazo fino.  Es inútil combatir las bajas pasiones del populacho.
               
Antes de someter este bodrio a la desconsideración de mis lectores, os he de confesar algo: en la mente de todo blogger underground anida un peligroso narcisismo autocomplaciente sólo amansado por unas decenas de compasivos comentarios positivos en el Muro de su Facebook o Twitter. Mi teoría es que, si muchos de los grandes Sátrapas de nuestra Historia hubieran tenido a su disposición esta magnífica herramienta de liberación ególatra, muchas guerras se habrían evitado. Si el bueno de Adolf hubiera podido liberar su carácter ego maníaco con unos asépticos e impersonales “me gusta”, no se habría liado ni la mitad de parda. Sin exagerar.
               
Lo cierto es que, desde mi nivel de casapuerta, me sustento de vuestras cyber caricias, y me he convertido en adicto a la interactuación positiva que se produce tras cada entrada.

No sería exagerado manifestar que mi propia salud mental depende de un verdadero alud de “me gustas”  y de cada vez que compartáis mi entrada.
               
Hacedlo por mí, y si yo no os basto, hacedlo por un pobre chiquillo de año y medio que se merece un padre cuerdo y feliz. Hacedlo por la felicidad de un hogar, triste y oscuro hasta que, con el simple pulsar del consabido botoncito de Facebook, hacéis entrar la luz y la alegría en mi casa.
               
Imaginaos a vosotros mismos como el buen tipo vestido de Rey Baltasar que llega a una casa pobre con el Escalextric, en el segundo justamente anterior a que el pobre niño se levante y solo vea la descarnada cara del fracaso bajo el árbol de Navidad. O como el solidario que presta un riñón     su hermano, sabedor de que uno más uno es dos, y ya no te quedan más vidas, picha.  O el que rescata a un cachorrito mojado en una fría noche de tormenta.

Pensad a cambio de que poca cosa podéis evitar que gaste  mis magros ingresos en psiquiatras, que acabe pidiendo en la   puerta del Corte Inglés del Duque, entre cartones de Don Simón.
               
Ahora estoy en vuestras manos. Ahora dependo de vosotros.

Y recordad, amigos…

…Yo escribo para el pueblo.