miércoles, 16 de marzo de 2016

LA PRIMAVERA. ESA HIJA DE PUTA.


En la primera versión de esta entrada, rapsoda y pedante como soy, carente de humildad y de realismo acerca de mis cualidades literarias, comencé a escribir un texto cursi y presuntuoso acerca de lo hija de puta que es la primavera. Pero todo muy bonito.

Y no, ese no es el camino.

Si vas a decirle a algo o a alguien, lo hij@ de put@ que es, lo mínimo es decírselo a la cara, con el cuchillo entre los dientes y el pistolón en la mano, al modo corsario.

En consecuencia, borré las mediocres seis frases que había escrito, y decidí enfocar el asunto a las bravas.

Primavera, eres una hija de puta.

Es posible que en la hermosa y pintoresca localidad de Monnickendamm (Holanda), la primavera sea una buena chica, de estas que pasan casi inadvertidas, que no habla por no molestar, que dice buenos días y buenas tardes y le cede el asiento del autobús a los abuelitos.

Pero aquí en el sur, y más concretamente en Sevilla, la primavera, exuberante y bella como pocas, es el cero absoluto en cuanto a bondad se refiere.

León ¿Pero no vas a glosar el azahar de los naranjos, la belleza de las mujeres vestidas de gitana o de mantilla?

¿No hay en tu corazón sitio para el izquierdo de San Gonzalo, la efigie romántica y decimonónica de la Soledad por Molviedro? ¿No te apetece escribirle algo al Señor de las Tres Caidas, glosando su tez morena, su condición de vecino más antiguo de Triana?

¿No es de tu gusto dedicarle unas palabras la Feria de Abril, ese carnaval sevillano de gomina y corbata?

¿Acaso no es bello el Parque de María Luisa en abril, no se mira Triana en el espejo del Río, ni se acuna la Alameda en los frescos atardeceres de mayo?

Pues no señora, ni por esas. Y por varias razones.

En primer lugar porque me siento claramente inferior en lo literario a la legión de rapsodas, tuerceletras, articulistas y pregoneros que asola esta ciudad, como la langosta los campos de trigo. Respetable colectivo que, desde Buzón a Rafa Serna, lleva toda la vida diciéndole a Sevilla lo guapa que es en primavera, glosando las maravillas efímeras de un sicomoro en flor, de una exquisita nube de incienso traído de no sé dónde, y del especial sonido del rachear  de los costaleros haciéndole los coros al tintineo metálico de las bambalinas de tal o cual Palio.

Cualquier cosa que yo escribiese palidecería ante el especiado barroquismo del que hacen gala mis paisanos cuando agarran la croqueta de bacalao con la mano izquierda y la pluma con la derecha. O a la inversa.

En segundo lugar, y no menos importante, porque aquí todavía no se ha dado nadie cuenta que la primavera en Sevilla es una hija de puta con balcones a la calle.

Cada calle, cada copa de vino, cada recuerdo, cada cante, cada escapada a la playa, todas y cada una de esas primeras veces en la calle Betis, cada sonrisa, cada beso y cada maldito paso, si eres un hombre o una mujer de bien, deben estar rematados por el amargo regusto de una soledad amplificada por la belleza del escenario, del ambiente, de los olores inigualables, de la efímera alegría de nuestro pueblo.

Primavera, eres tan bella como hija de puta.

Porque nos haces recordar a quienes ya no están con nosotros.


Antonio e Ignacio, va por vosotros. 

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