miércoles, 28 de diciembre de 2016

Carrie Organa, Leia Fisher...León Skywalker

Hoy ha llegado a nuestra base, cuya localización, como entenderá no puedo revelar, una luctuosa noticia.

Te has hecho una con la Fuerza.

Verá, Princesa, Su Excelencia no me conocía.

Soy un anónimo piloto al servicio de la Resistencia. Como antes lo fui de la Nueva República, tras aquellos heroicos años en los que combatí para la Alianza Rebelde, y antes para su padre adoptivo, el llorado Bail Organa.

Más, en realidad, siempre combatí a su servicio, Princesa.

Nunca fui un piloto top, como el bueno de Wedge Antilles, ni pertenecí al Escuadrón Pícaro, ni al Escuadrón Oro, ni a ninguno de los escuadrones que tanta fama le dieron a la Comandancia de Cazas de nuestra Rebelión.

Siempre fui uno entre el montón, encargado de misiones rutinarias, siempre aisladas del teatro principal de operaciones,  simple espectador de la fabulosa saga galáctica que protagonizaste. Porque, si, aunque para muchos aquello fue la historia del ascenso y caída de Anakin, tu padre, o incluso la historia de tu hermano Luke, para mí siempre fue la historia de tu vida, verdadero motor de la Guerra Civil Galáctica que devolvió la libertad a la Galaxia.

Nunca fuimos presentados. El único contacto más o menos cercano que mantuvimos fue allá en Hoth, en la Base Echo, horas antes del ataque de los Imperiales. No estabas de humor, y te limitaste a apartarme con un codazo al interponerme en tu camino en aquellos estrechos pasillos de la base que mantuvimos en el planeta helado. Menudo genio te gastabas, supongo que heredado de tu padre, tan Sith como era.

Siempre seguí sus vicisitudes, apropiándome de cada retazo de información sobre su vida. Aquellas negras horas en la Estrella de la Muerte, el rapto que sufriste a manos de Jabba The Hutt. La gloriosa batalla en Endor.

Aquel bikini dorado que tanta polvareda cósmica levantó en los mentideros de la Galaxia…Aunque, fíjese Excelencia, pese a que estaba usted muy sexy con aquel atuendo que le puso el despreciable Hutt, yo siempre la preferí de gala, como en la Ceremonia de entrega de medallas en Yavin IV, con sus sofisticados peinados de princesa alderaaniana y su dignidad aristocrática. Nunca se ha visto a   alguien imponerle a un Wookie – heroicos luchadores si, montañas peludas también-   una medalla con tanta gracia, donaire y salero.

Es lo que tiene el amor platónico.

Nunca entendí su romance con el gracioso de Han Solo. Supongo que, cansada de tanto Senador y tanto General Rebelde de buena cuna, era inevitable que se encaprichase de un despreciable contrabandista corelliano, pero déjeme decirle, Excelencia, que el bueno de Bail Organa nunca hubiese aprobado la relación. De aquellas pajas vinieron estos lodos, que decíamos en Alderaan: no hay más que ver la cara del hijo que tuvisteis, el malvado Ben Solo, también llamado Kylo Ren, para comprender que no supo usted elegir un buen padre para perpetuar su legendaria familia.

Y ahora se nos ha ido. Con lo que le quedaba por hacer…

Debía usted liderar a la Resistencia en la formidable batalla que nos espera contra la Primera Orden. Debía usted encaminar al majara de su hermano Luke. Debía seguir aportando dignidad a nuestra causa.

Ahora que el contrabandista no estaba, quizás hubiera habido una oportunidad para lo nuestro.

Siempre fantasee con la posibilidad de que en su edad madura prefiriese el sensato y pausado cariño de un alderaaniano como yo, y quizás entre ambos hubiésemos podido encauzar a su díscolo hijo, atrayéndolo al lado luminoso de la Fuerza.

Pero ya no está. Misteriosas circunstancias que nada tienen que ver con esta nuestra Galaxia, muy, muy lejana, van a impedir que pueda usted cumplir con todos los sueños del pueblo galáctico en particular, y porque no confesarlo, con los míos en particular.

La terrible noticia me sorprendió, como le decía, en la apartada base de la Resistencia donde sirvo a nuestro movimiento por la libertad.

Le he pedido permiso al Comandante para unos asuntos particulares.

He agarrado mi antiguo y querido Y- Wing y he tomado rumbo a un concreto punto de la Galaxia.

Tras salir del Hiperespacio he sentido una honda pena por la ausencia doble que trasluce este antinatural campo de asteroides.

En una cápsula he introducido todos mis recuerdos. Mi primer uniforme de piloto rebelde, una fotografía dedicada por el Almirante Ackbar, un blaster que se te cayó en nuestra huida de Hoth, una recomendación de Bail Organa para matricularme en la Academia de Pilotos de la Alianza Rebelde, y esta carta de despedida.

Una vez la termine, cerraré la cápsula metálica y la haré deslizar entre la negrura del Espacio.

La negrura que una vez fue Alderaan, donde hoy flotan inermes las rocas de nuestro querido planeta, los recuerdos de mi juventud, de mi vida en paralelo a la suya, a su sombra, al amparo de las fantasías de un joven que tomó una y mil veces los mandos de su nave y combatió al Lado Oscuro en mil batallas, quizás reales.

Quizás imaginarias.

Introduzco en el ordenador de a bordo las coordenadas de mi nuevo paradero. Tan solo la Fuerza sabe que me deparará el destino.

Cuando entre en el hiperespacio las estrellas se convertirán en estelas una vez más, y cerraré los ojos para imaginar, como tantas noches, que yo te digo “Te Quiero”

Y tu me respondes:

“Lo sé”.


domingo, 20 de noviembre de 2016

AMANECIENDO QUINTA PARTE. SONRIENDO QUE ES GERUNDIO.


Permíteme que me ponga cursi. Que sea críptico.

Veras.

Me quedé a mitad de camino entre el descaro y la timidez, y estas cosas necesito escribirlas desde algún parapeto. Aunque las lea todo el mundo.

Antes que nada y como siempre, los antecedentes; que se note la toga.

Integrando el elenco de tópicos y remoquetes sobre mí persona,  y en lugar destacado, se encuentra una supuesta dificultad o incapacidad para reír y una dosificación en extremo rácana de mis sonrisas. Más allá, los más avezados leonólogos se atreven a manifestar que, una vez vista mi sonrisa,  no quedan ganas de repetir.

Sin embargo, a veces parece que el mundo – tan aparentemente caótico- tiende a buscar su propio equilibrio  de forma sutil. El nivel de entropía va deslizándose suavemente - por dónde demonios se deslicen las magnitudes físicas- hacia un pacífico estado de equilibrio.   O quizás es que yo empiezo a ver paz donde antes veía caos, empiezo a imaginarme sentado en una playa al atardecer cuando antes me imaginaba asaltando una trinchera alemana y escucho violines donde antes escuchaba la voz del tío de Los Suaves. Perdona la mariconada.

Pero no, caray, no la perdones. Vamos  a seguir por este camino, tal día hizo un año.

Cierra los ojos por un momento e imagina a tu padre con treinta y algunos años. Barba recién estrenada, todavía negra, calva por estrenar pero amenazante…Si, como en esas fotos que te he enseñado. Si, esas, las que te reconcilian con el posible futuro aspecto de la edad madura.

Y ahora imagíname caminando por un campo minado  durante una batalla, mediando tormenta con granizo y pedrisco –no tengo muy clara la diferencia entre el granizo y el pedrisco más  se trata, carajo,  de dramatizar la escena-, abundante aparato eléctrico, monstruos tenebrosos salidos del averno y todo tipo de putadas variadas.

Pues eso. Para no dar muchos detalles a mis lectores - ese menguante medio centenar de fieles, qué digo, héroes-  quédate con esa imagen y que ella te sirva de resumen para los años que te precedieron.
Una precisión. En relación a los monstruos salidos del averno, conviene decir que los pobres criaturas  no eran tan feas, que incluso hubo más de una de ellas que no estaba nada mal, y en general, la experiencia mereció la pena.

La culpa, como casi siempre, fue del León y de su mente, novelando demasiado, reescribiendo y creando historias épicas de espada y caballería donde sólo había  Quijotes y nunca Dulcineas. Las criaturas del averno nunca tienen la culpa, recuerda lo que te digo.       
    
Pero fueran bellas, luminosas, sublimes, macabras o  tenebrosas, ninguna de aquellas criaturas tenía tu sonrisa.

Y ahí es donde voy.

Con cada una de esas tus sonrisas el nivel de entropía crece como la espuma. Los ruidos amainan, la batalla cesa, los violines suenan, el sol cae sobre el horizonte del El Palmar, firmo el armisticio de Compiegne conmigo mismo,  las criaturas del averno  pasan a los libros de historia. El  de Los Suaves se calla, sube a escena Chambao con sobredosis de "transilium". 

Empieza a soplar una puñetera brisa entrópica y armónica, la hierba  crece verde y fresca, y yo me atrevo a escribir que la hierba crece verde y fresca en mi blog sin  ruborizarme en absoluto y me expongo a las sonrisas torcidas de mis amigos  que leen estas frases sin decírmelo, apostados cual francotirador hijodeputa en las ruinas de Staligrado. Aquí tenéis mi pecho,  mamones, me gustan los atardeceres y la hierba fresca y verde, el Los Suaves se ha callado, y la de Chambao canta "Ahi estás tuuuu" ... así que  disparad., que ya estáis tardando…

Y sonríes. Y escampa. O mejor en gerundio, ha ido escampando. De igual forma que el ruido ha ido cesando, la batalla  acabando. Pero bendito gerundio que implica movimiento, que implica que está atardeciendo, como si pudiéramos hacer que el sol se quede en un eterno descenso y nunca atardezca del todo.  

Y así con todos los gerundios.

Andando, saltando, corriendo, cantando, contando. Para nunca terminar de andar, de saltar, de correr, de cantar o de contar.

Sonriendo. Para, lo has adivinando, nunca dejar de sonreír. Mientras yo me hago el serio.

Sonriendo como tú ahora.

Entre otras cosas porque te has dado cuenta que esta entrada va dedicada a ti.

O a tu sonrisa gemela.   

Eso solo lo sabe papá.

miércoles, 17 de agosto de 2016

AMANECIENDO CUARTA PARTE: EL PANOLI DE LA TRINCHERA.

Vaya por delante que acepto todas y cada una de las críticas que pueda despertar mi estilo de escritura, mis temáticas, y más en concreto el leit motiv de esta que ahora comienzo.  A determinadas edades a uno empieza a emplumársela todo lo que se aleje de dos o tres temas más o menos nucleares.

Dicho esto, León, para que quede claro y para cabrear un poco al hipotético lector de estas palabras, en su momento, llegado el caso, te daré las debidas explicaciones sobre esta entrada. Los demás y las demás –para que no me acusen de neomachista – que saquen las suyas propias, que son mayorcitos. Presuntamente.

Ahí fuera la cosa esta muy jodida. Pero mucho. Desde el político que te mira como ganado al borde del matadero, hasta el carajote que caza pokemons, pasando por el funcionario que lee el Marca, se puede decir sin pesimismo y sin exageración que la vida es mucho más parecida a Omaha Beach el 6 de junio de 1944 que a la vida en rosa que algunos muestran en sus Facebooks. Aprovecho para advertirte que si alguna vez te veo haciendo el símbolo de la victoria en una foto te quedas sin paga. Como poco.

Hobbes se quedó corto, chaval. El hombre no es un lobo para el hombre, en el bien entendido supuesto de que aquellos pobres animales seguro que conservan un poco de nobleza, siquiera primitiva, y a buen seguro llevan muy mal que el filósofo inglés los mezclara con nuestros inmundos asuntos. El hombre es un verdadero homicida, en plan rápido o gota a gota, depende de la urgencia u rentabilidad del motivo.

La vida está llena de hijoputeces, y en un gran número de ellas estarán provocadas por tus semejantes. Celos, envidias, traiciones, trampas y toda clase de monerías que te asaltaran a diario, en cada uno de las revueltas de tu camino, cual si del Tempranillo se tratase.

Y no es pesimismo. Es realismo bien informado, que diría aquel.          

Aun siendo cierto esto que te digo, y como reverso luminoso del cuadro aparentemente caótico y bélico con el que te he pintado la vida, tranquilo, relájate por un segundo, baja la cabeza, ajústate el casco y mira en la trinchera, a tu lado.

Ahí lo tienes. Ese o esa que esta hombro con hombro, que tiene la misma cara de acojonado que tú, esa misma jeta de no saber qué pinta él en todo esto, porqué la metralla y las balas parecen tener una curiosa querencia hacia vuestro lado de la batalla y, en definitiva, que demonios pasa y por qué la vida es tán cabrona. El panoli de la trinchera.  Te ayudaré a reconocerlo: es tu amigo.

Y ojo, no confundas. Amigo no es el que comparte barra contigo. Amigo es el que te compra billetes de avión a Trento para que te olvides de una tía. Amigo es el que es capaz de querer matarte y quince minutos después no acordarse porqué quería hacerlo.

Amigo es el que te defrauda, el que te duele,  pues solo duele, y defrauda aquello que nos importa.

Un amigo es lo más parecido a la familia fuera de la familia, e incluso algunas veces más que tu propia sangre.

Por eso, ten la generosidad y la hombría de bien de conservar a los pocos amigos de verdad que vas a tener en la vida. Ten el buen juicio de perdonarlos, de buscarlos, de perder el orgullo cuando haga falta, de archivar cualquier querella por grande que te parezca en ese momento. Piensa un poco, León, reflexiona, y te darás cuenta que sin ellos no puedes avanzar en la vida, pues forman parte indisoluble de ella.

Ese que está ahí a tu lado, esquivando como puede la metralla, con la misma cara de panoli, el que atravesó contigo las procelosas y onanistas aguas de la adolescencia, el que te dejó en la puerta de tu casa aquel día de borrachera, ese. Identifícalo bien. Ese es de los tuyos.

El que buscarás en cada acontecimiento importante de tu vida.        
     
El que te recogió del suelo. El que llenó de aire tus pulmones.

El de la ausencia irreparable.

Y recuerda,  León, que el tiempo se nos filtra entre los dedos, que no hay vuelta atrás, y que el amigo perdido ya no  podrá sonreírte desde  media distancia,  dándote fuerzas.

Por eso, querido hijo, deja de hacer el gilipollas y usa el teléfono para algo más productivo que para hacerte selfies con tu novia. Olvídate del qué, del cómo, del porqué, y llama tu amigo.

No vaya a ser que algún día importante de tu vida  o lo de la suya, mires y lo busques, y no lo encuentres. Y se te hiele el corazón pensando en que el motivo era mucho más pequeño que la sensación de vacío que ha dejado su ausencia.

Y te des cuenta que es irreversible.



P.S: Las últimas frases de esta entrada, han sido escritas contigo sentado en mi pierna derecha, mirando atentamente la pantalla mientras te comes una galleta y recitas las vocales. Ahí es nada. 

lunes, 16 de mayo de 2016

EL ARTE, EL CAOS.


El caos.

El arte nace del caos. También la depresión, la locura, el no levantarse de la cama o el no acostarse, que viene a ser lo mismo, por desgracia.

Y por supuesto la amistad.

En un universo firmemente regido por la estabilidad y la certidumbre tu y yo nunca hubiéramos sido amigos. Pero somos amantes del caos, y de su prima bastarda, la noche, y en realidad estábamos condenados – sí, condenados- a ser amigos pues pocos están dispuestos a mirar cara a cara a la locura.

Podría tirar de costumbrismo y hablar de Triana, de guitarras, de voces rotas por el vino. De tangos, de concursos, pero no te haría justicia.

Quizás sea mejor que use la alegría para definirte, la improvisación, la rima presta. Por más que lleves años empeñado en ocultarte tras una nube negra, sé que no has dejado de ser el mismo de siempre.

Más de una vez te he dicho que tenemos una obligación para con los que ya no están: debemos apurar cada día como si fuera el último; en definitiva, estamos de prestados. Sé que el fondo sabes que tengo razón.

Pero volvamos al arte.

Se cuentan por miles los que intentan ser artistas cada día, ocho horas diarias, con nómina y complementos salariales. Algunas decenas de los anteriormente descritos consiguen incluso engañarnos, engañarse a sí mismos, y pasar sin pena ni gloria al Olimpo trendy y casposo que nos acosa cada día. Vivimos en el ocaso de los gigantes, en el fin del romanticismo.

Una época marcada por este axioma: Los artesanos pasan por artistas, y los artistas no saben que lo son.

Yo, que no soy artista ni por asomo, sin embargo, soy un magnifico espectador. Uno de esos a quien nada le gusta, pues busca lo imposible. Los destellos, por raros, por extemporáneos que sean.

Sabes leer y comprender y por ello me niego a rematar este texto halagándote. Busca tu propia interpretación, y extrae de mis palabras la inevitable conclusión que en ellas subyace.

Por el momento, quédate con este final apresurado:

Si algún día consigues dominar tu caos, tu irregularidad, tu endémica inseguridad, quizás te hagas rico, pero dejaras inevitablemente de regalarnos destellos.

Esa es tu condena.


Aquí un amigo. 

lunes, 9 de mayo de 2016

NARANJAS AMARGAS

Doy por hecho que muchas de mis palabras levantarán ampollas entre los que han digerido como verdad absoluta la versión que de Sevilla han dado tantos tuerceletras como se han atrevido, por exceso o por defecto, a errar el tiro cuando han osado a hablar de mi tierra y de sus habitantes.

Es más cómodo instalarse en la versión maniquea del sevillano, que, aun siendo cierta, sólo araña la honda superficie de la verdad que se esconde bajo tanto verbo florido, bajo tanta mala leche anti sevillana.

No por ser verdad, es verdad que Sevilla es como nos dicen. No por ofrecer una determinada imagen, el sevillano puede ser pintado con trazos tan gruesos como los que exhiben los medios de comunicación, interesados en encasillarnos, pues la verdad profunda no vende, ni es agradable, ni es pintoresca.

Sevilla es la Feria, el Rocío, el azahar de sus naranjos, la falsa alegría de su escaparate callejero.
Pero Sevilla es, sobre todo, la soledad de la ojiva de San Esteban cuando cae el otoño, la reciedumbre del cuerpo de nazarenos de la Quinta, el serrín y la tiza, el desconchón de sus paredes. El recibito, la ayuda, la deuda, el desmayo.

Sevilla, la que yo veo, es ojerosa, la que se levanta cada mañana lamentando no haberse quedado en casa. Sevilla es ir tirando, es repintar la mancha de humedad de sus pesares, es describir siempre lo mismo, sin mirar hacia otro lado, no vaya a ser que alguien se encuentre con la verdad desnuda que encierran sus calles.

Sevilla es la calle Arroyo, es un escueto cartucho de gambas a cuatro euros, una motocicleta asmática que, fiel trasunto del pollino de un tal Sancho, te lleva al encuentro con las miserias de cada día.

Es un anís amargo, un cigarro negro, un mercadillo callejero dotado, paradójicamente, de la mayor dosis de poesía melancólica de la ciudad, esa que pocos saben ver y muchos menos contar.

Es la verdad tras la barra de un bar donde se confiesan los pecados triviales, donde se gestiona y se malgasta la vida.

Y lamento decirle, Señoría, que el sevillano no es gracioso. El sevillano de verdad no tiene ni pizca de gracia. Por el contrario, atesora cantidades industriales de mala leche reconcentrada, una mala leche milenaria y certera, de calidad cuasi literaria, imposible de encontrar en otra parte del mundo.

El sevillano de Sevilla, no el que gusta en Madrid, sino el de La Barzola, el de San Julián, el del Turruñuelo, está dotado de una espiritualidad dickensiana, fatalista, senequista, mal que le pese al tópico.

Puede venderte su cuerpo, su alma, sus palmas, su garganta, puede ser tan barragana como la más puta, puede ofrecerte el cliché para que seas feliz durante media hora, pero cuando te vas, te mira con desprecio. Tu compras, yo vendo, pero no eres de los míos.

La verdad no descubierta de los sevillanos es su tristeza, su melancolía, acentuada por el disfraz que la Historia nos ha obligado a enfundarnos para ser los payasos útiles de Castilla y Aragón.

Sevilla es tan bella como podrida, tan sublime como patética, tan barroca como surrealista.

Sevilla es amarga, como sus naranjas, como sus hijos.

Como tú, que me lees sabiendo que hablo de ti.

Como yo, que a veces te hago caso, y te escribo por encargo, más por fomentar mi gloria que por halagarte. Tu harías lo mismo.

Como nosotros, que envejeceremos pidiendo otra y que se debe, brindando al cielo por la cuarta pata de la mesa, ese miembro amputado que seguiremos sintiendo el resto de nuestros días.

¿Otro Miura, José?



“Absolutamente”

martes, 3 de mayo de 2016

YO ESCRIBO PARA EL PUEBLO.

                
Desde la comodidad de no ser nadie y saber, en mi fuero interno, que esta falta de relevancia será una constante a lo largo de mi vida, encuentro bastante divertido auto analizar mi escritura con la profundidad propia de alguien dotado de un patético exceso de ego. Pero al lío, que me pierdo.

Yo escribo para el pueblo.
                               
Hay bloggers sesudos que están dotados de una gran capacidad de análisis. Los hay que ostentan una gran calidad literaria. No son pocos los que han encontrado un tema arcano y específico, hallando en él una mina de visitas y likes vetada para de medio pelo como el que abajo suscribe.  Los hay que caen en gracia, molan, son mediáticos, y son el eje del interés trendy del momento presente y de los posteriores. Y los hay como yo, que escriben para el pueblo.

En un ejercicio de narcisismo cuasi patológico, vengo analizando mis textos y he extraído una conclusión que hoy debo compartir con mi legión de seguidores: soy al mundo de los blogs lo que los autores de comparsa al carnaval. Me pierde el amarillismo, el sentimiento fácil y nada despreciable me es ajeno cuando de arrancar protagonismo se trata. Mis entradas jamás serán leídas en una convención sobre escritura, pero estoy convencido de que he erizado algún vellito y arrastrado a más de un lector a un sentimiento caletero y lacrimógeno con el devenir de este pseudo personaje de ficción apellidado de San Marcos, de nombre León, tras el cual me disfracé por necesidad y tras la necesidad, por puro placer.
               
En este punto debo detenerme, dejar el flagelo de siete colas en mi virtual mesilla de noche, y echar un vistazo al otro lado de la pantalla, allí donde estáis los que me leéis.  
               
La culpa es vuestra.

Con mayor o menor dosis de ternura, colmillo afilado o preocupación, dependiendo del grado de amistad del lector hacia mi persona, sin duda habéis disfrutado – moderadamente- con el strip-tease cuasi obsceno de cada entrada. Cada vez que abría la cremallera de mi rojo vestido de cuero, más de uno babeaba con la posibilidad de abrir una ventana indiscreta a través de la cual escudriñar un alma ajena.  Por irrelevante que sea mi persona, por fugaz que sea el interés del tema a tratar, sé que vuestras glándulas salivales trabajan a marchas forzadas cuando el título de mi nueva entrada barrunta carnaza sentimentaloide, de igual forma que permanecéis hieráticos cuando anuncio una sesuda reflexión de tintes políticos.

¿Y qué puedo hacer yo, si me desvivo por agradaros? ¿Y qué puede hacer un autor de comparsa cuando, en la intimidad de su casa, escribe un pasodoble? Tal como el Falla ruge emocionado con un pasodoble abundante en fuego, sangre, guerras y divorcios, mi escueta claque facebookera aplaude a manos llenas una entrada rica en pirotecnia  y supuestas revelaciones sobre mi persona,  mientras permanece impasible ante un currado análisis político, con alguna honrosa excepción.
               
No es mi tarea la de educaros, ni está entre mis aspiraciones la de fomentar vuestro interés por la lectura. Hace mucho tiempo decidí hacerme uno con el gentío y darle a la afición el arrimón ante el toro, antes que el muletazo fino.  Es inútil combatir las bajas pasiones del populacho.
               
Antes de someter este bodrio a la desconsideración de mis lectores, os he de confesar algo: en la mente de todo blogger underground anida un peligroso narcisismo autocomplaciente sólo amansado por unas decenas de compasivos comentarios positivos en el Muro de su Facebook o Twitter. Mi teoría es que, si muchos de los grandes Sátrapas de nuestra Historia hubieran tenido a su disposición esta magnífica herramienta de liberación ególatra, muchas guerras se habrían evitado. Si el bueno de Adolf hubiera podido liberar su carácter ego maníaco con unos asépticos e impersonales “me gusta”, no se habría liado ni la mitad de parda. Sin exagerar.
               
Lo cierto es que, desde mi nivel de casapuerta, me sustento de vuestras cyber caricias, y me he convertido en adicto a la interactuación positiva que se produce tras cada entrada.

No sería exagerado manifestar que mi propia salud mental depende de un verdadero alud de “me gustas”  y de cada vez que compartáis mi entrada.
               
Hacedlo por mí, y si yo no os basto, hacedlo por un pobre chiquillo de año y medio que se merece un padre cuerdo y feliz. Hacedlo por la felicidad de un hogar, triste y oscuro hasta que, con el simple pulsar del consabido botoncito de Facebook, hacéis entrar la luz y la alegría en mi casa.
               
Imaginaos a vosotros mismos como el buen tipo vestido de Rey Baltasar que llega a una casa pobre con el Escalextric, en el segundo justamente anterior a que el pobre niño se levante y solo vea la descarnada cara del fracaso bajo el árbol de Navidad. O como el solidario que presta un riñón     su hermano, sabedor de que uno más uno es dos, y ya no te quedan más vidas, picha.  O el que rescata a un cachorrito mojado en una fría noche de tormenta.

Pensad a cambio de que poca cosa podéis evitar que gaste  mis magros ingresos en psiquiatras, que acabe pidiendo en la   puerta del Corte Inglés del Duque, entre cartones de Don Simón.
               
Ahora estoy en vuestras manos. Ahora dependo de vosotros.

Y recordad, amigos…

…Yo escribo para el pueblo.        

miércoles, 16 de marzo de 2016

LA PRIMAVERA. ESA HIJA DE PUTA.


En la primera versión de esta entrada, rapsoda y pedante como soy, carente de humildad y de realismo acerca de mis cualidades literarias, comencé a escribir un texto cursi y presuntuoso acerca de lo hija de puta que es la primavera. Pero todo muy bonito.

Y no, ese no es el camino.

Si vas a decirle a algo o a alguien, lo hij@ de put@ que es, lo mínimo es decírselo a la cara, con el cuchillo entre los dientes y el pistolón en la mano, al modo corsario.

En consecuencia, borré las mediocres seis frases que había escrito, y decidí enfocar el asunto a las bravas.

Primavera, eres una hija de puta.

Es posible que en la hermosa y pintoresca localidad de Monnickendamm (Holanda), la primavera sea una buena chica, de estas que pasan casi inadvertidas, que no habla por no molestar, que dice buenos días y buenas tardes y le cede el asiento del autobús a los abuelitos.

Pero aquí en el sur, y más concretamente en Sevilla, la primavera, exuberante y bella como pocas, es el cero absoluto en cuanto a bondad se refiere.

León ¿Pero no vas a glosar el azahar de los naranjos, la belleza de las mujeres vestidas de gitana o de mantilla?

¿No hay en tu corazón sitio para el izquierdo de San Gonzalo, la efigie romántica y decimonónica de la Soledad por Molviedro? ¿No te apetece escribirle algo al Señor de las Tres Caidas, glosando su tez morena, su condición de vecino más antiguo de Triana?

¿No es de tu gusto dedicarle unas palabras la Feria de Abril, ese carnaval sevillano de gomina y corbata?

¿Acaso no es bello el Parque de María Luisa en abril, no se mira Triana en el espejo del Río, ni se acuna la Alameda en los frescos atardeceres de mayo?

Pues no señora, ni por esas. Y por varias razones.

En primer lugar porque me siento claramente inferior en lo literario a la legión de rapsodas, tuerceletras, articulistas y pregoneros que asola esta ciudad, como la langosta los campos de trigo. Respetable colectivo que, desde Buzón a Rafa Serna, lleva toda la vida diciéndole a Sevilla lo guapa que es en primavera, glosando las maravillas efímeras de un sicomoro en flor, de una exquisita nube de incienso traído de no sé dónde, y del especial sonido del rachear  de los costaleros haciéndole los coros al tintineo metálico de las bambalinas de tal o cual Palio.

Cualquier cosa que yo escribiese palidecería ante el especiado barroquismo del que hacen gala mis paisanos cuando agarran la croqueta de bacalao con la mano izquierda y la pluma con la derecha. O a la inversa.

En segundo lugar, y no menos importante, porque aquí todavía no se ha dado nadie cuenta que la primavera en Sevilla es una hija de puta con balcones a la calle.

Cada calle, cada copa de vino, cada recuerdo, cada cante, cada escapada a la playa, todas y cada una de esas primeras veces en la calle Betis, cada sonrisa, cada beso y cada maldito paso, si eres un hombre o una mujer de bien, deben estar rematados por el amargo regusto de una soledad amplificada por la belleza del escenario, del ambiente, de los olores inigualables, de la efímera alegría de nuestro pueblo.

Primavera, eres tan bella como hija de puta.

Porque nos haces recordar a quienes ya no están con nosotros.


Antonio e Ignacio, va por vosotros.