lunes, 17 de agosto de 2015

UN NUEVO ANDALUCISMO




Permítanme el folclorismo: el andalucismo es como la “farsa monea” de la antigua copla. Ha ido de mano en mano, de partido en partido,  y ninguno ha sabido quedárselo, por más que lo proclame a los cuatro vientos.

A la izquierda sólo restan los residuos del andalucismo jornalero (y pelín trasnochado, por qué no decirlo) de Gordillo y sus conmilitones. Más a la izquierda los movimientos radicales autoproclamados independentistas,  sin  apoyo electoral y/o social significativo.

La derecha, representada en sentido histórico por UCD y en sentido  político contemporáneo por el Partido Popular, acumula un largo historial negativo en este aspecto. 

Queda en la memoria colectiva la campaña de UCD solicitando el voto en blanco en el referéndum de autonomía, la dimisión de Clavero, y la sensación general de que para los centristas de aquella época,  Andalucía era y debía seguir siendo una región de segunda. 

La era de Aznar, en la que la Administración del Estado parecía estar  más centrada en perjudicar al PSOE-A  que en gobernar a Andalucía, llegando a negar incluso la propia existencia 400.000 andaluces, vía censo,  no mejoró las cosas. Muy al contrario, aquellos años sirvieron al PSOE- A  para terminar de apoderarse del andalucismo, vía defensa contra el Estado Central. Con su habitual sagacidad electoralista, el PSOE supo hacer pensar al votante con sensibilidad andalucista que un voto al PP era un voto contra Andalucía, y a la inversa,  el PSOE era la única opción que podría defender los intereses de la región sureña. 

En tierra de nadie, el Partido Andalucista se hacía el harakiri  una  y otra vez, con tanto denuedo que al final logró su empeño. Mientras las huestes del puño y la rosa se envolvían en la bandera blanca y verde, una endémica indefinición ideológica, luchas enquistadas entre los diferentes barones y unas filas repletas de cuadros arribistas y con poco sentido de la disciplina de partido, llevaron a la práctica destrucción de la organización política que  había enarbolado la bandera del andalucismo desde finales de la dictadura de Franco. 

En sentido puramente ideológico, el andalucismo político quedó amortizado con la consecución de las reivindicaciones de autogobierno por la vía del artículo 151 de la Constitución Española. La escasa participación electoral en el referéndum por el nuevo Estatuto de Autonomía de 2007, apenas un 36 %, acreditó a todas luces que al pueblo andaluz poco o nada le interesaba la profundización de su autogobierno ni las definiciones sentimentales sobre la “realidad nacional” de Andalucía y demás argumentos arcanos, del gusto de cuatro politólogos y ajeno a la realidad de la sociedad de nuestra región.

Pero el andalucismo sigue siendo necesario. Más que nunca si cabe.

Por no andarme con más rodeos: Andalucía mantiene un diferencial de PIB per cápita respecto a la media española prácticamente igual al que existía en 1980. En concreto, En 1980, el PIB per cápita andaluz era el 74% del nacional y en 2014, el 77%. La dinámica convergente no se ha producido pese a la recepción por nuestra  autonomía de 79.642 millones de euros procedentes de fondos comunitarios europeos y una cantidad similar aportada por el Estado por medio de transferencias competenciales. 

La  causa de este fracaso económico (y por ende social)  hay que buscarla  en un régimen político que no prima al crecimiento y a la inversión y /o riesgo empresarial  sino a la búsqueda de prebendas, rentas, y canonjías por medio de la obtención de favores políticos de toda clase.
 
La asfixiante burocracia autonómica, su desmesurada administración paralela,  el sistema de concesión y obtención de subvenciones, la inseguridad jurídica reinante, la falta de competitividad de su sector agrícola, la casi inexistencia de un sector industrial fuerte, han venido lastrando a Andalucía, haciéndonos perder tres décadas cruciales para el negro futuro que se avecina.

Es por tanto esencial volver a levantar la bandera del andalucismo. No en sentido ideológico, puesto que el pueblo andaluz entiende, con su sabiduría milenaria, que  ha pasado la hora de las reivindicaciones y ha llegado la hora de la regeneración.

Ya tenemos el musculo político, nuestras instituciones de autogobierno.
Ya tenemos las universidades, las carreteras, las vías rápidas, las altas velocidades, los puertos. 

Ha llegado la hora de recuperar la frescura, la ilusión, de sacudirnos el clientelismo, la burocracia, la mentalidad conservadora que nos lleva a pensar que es mejor un malo conocido sentado en San Telmo que un bueno por conocer esperando su oportunidad.

No es éste el lugar para dar un recetario sobre los remedios de Andalucía. No obstante, parece de mera lógica que debemos mejorar drásticamente la educación, apoyar la inversión en desarrollo tecnológico y científico, cambiar el modelo productivo y hacerlo más sostenible a la vez que más competitivo, apoyar la creación o implantación de empresas tecnológicas, enfocar nuestra agricultura a la calidad y a la exportación, optar por un turismo de mayor calidad, agilizar los procedimientos administrativos y un largo etcétera de medidas.

Pero todas esas medidas necesitan un paso previo. Mental, colectivo, político y hasta moral.

Debemos regenerar nuestra vida pública, nuestros objetivos  como individuos y como colectivo, ser moderados en cuanto a las medidas socioeconómicas pero radicales en cuanto a la actitud. 

Nuestra región necesita una fuerza política que enarbole ese nuevo andalucismo.

Una fuerza política que sepa ganarse al centro sociológico, tanto a sus sectores más progresistas como a sus sectores más moderados. Que sepa convertirse en mayoritaria, ilusionando con su mensaje y convenciendo con sus propuestas.

Que sea radical denunciando nuestros males. Que se muestre radicalmente convencida de traer la regeneración moral de la vida pública, que predique con el ejemplo. 

Que ocupe el eje central de la vida política en el pleno convencimiento de que las mejores recetas para el desarrollo  social pueden venir de ambos espectros ideológicos.

Que no tenga complejos en llamarse andaluza pero, a su vez, sepa abandonar el folclorismo del andalucismo rancio y a la defensiva que está instalado en San Telmo desde hace décadas. 

Que tenga la suficiente falta de complejos y absoluta falta de ataduras con el pasado como para aportar recetas modernas a los problemas actuales, recetas que estén desprovistas de lastres ideológicos y que se apliquen sobre el único criterio de la eficacia. 

Que, parafraseando a Blas Infante, hagan al pueblo andaluz despojarse de su postración rentista y conformista y le haga creer que existe un futuro brillante al final de ese camino de cambio, a la vez radical y moderado. 

Si alguna fuerza política tuviera el acierto de interpretar esa partitura, ese nuevo andalucismo, sin duda  aspiraría a ser la fuerza mayoritaria en Andalucía y a capitanear el necesario cambio que necesita nuestra región.
Y en  otras  escalas, con otros matices, ese mismo espíritu político podría aplicarse al resto de nuestro país,  España, sin complejos. 

Analizando la cuestión en clave histórica es inevitable observar que nos encontramos ante una ventana de oportunidad de las que sólo se producen cada cuarenta años. 

Es por ello esencial que la ciudadanía se constituya en dicha  fuerza política o arrope con sus votos a la opción que, de entre las ya creadas, pueda canalizar ese nuevo andalucismo como parte de un gran  proyecto nacional y moderado de regeneración de la vida pública.  

Es asimismo esencial que dicha fuerza política sepa hacer ver al andaluz su enorme potencial. 

He visto entregada esta tierra a aventureros de la política, a advenedizos que hacen de ella asiento de su cretina vanidad y base de su mezquino interés. Los que hacen de la política una profesión exclusiva y excluyente (como una propiedad) suelen hablar de conflictos entre ideas y realidades. La diferencia entre ellos y nosotros es esta: para ellos, las realidades de un país son los intereses creados; para nosotros, las realidades de un país son los dolores creados por esos intereses.
Blas Infante Pérez de Vargas.