viernes, 31 de julio de 2015

AMANECIENDO - TERCERA PARTE: COSMOVISIÓN Y TRASCENDENCIA



Tras  escribirte dos veces, la primera de ellas emocionado por tu nacimiento y la segunda parapetado tras la ironía y el sarcasmo paterno con el que tendrás que aprender a convivir durante tu crecimiento, hoy toca clase de filosofía de todo a cien.

Cosmovisión, trascendencia. 

Esas dos palabras estaban agazapadas desde que naciste y hoy han saltado de su escondrijo para atracarme a mano armada, sacando de mi bolsillo un puñado de frases, como siempre barrocas y pesimamente ordenadas.  

Si, ya se. Soy aficionado a las palabras complicadas, pero supongo que algún día me agradecerás que use comúnmente más de cien adjetivos, verbos y demás categorías semánticas y que mi lenguaje sea algo más rico que el de un “tronista” de Hombre, mujeres y Viceversa. 

Y ahí está el lío. 

Antes de tu llegada, parafraseando al más grande nuestros tocayos – al que espero, a estas alturas, hayas aprendido a amar como yo – me importaba un comino que el mundo se fundiera, que  un holocausto nuclear acabase con nuestra miserable civilización y/o que una  hasta ahora desconocida raza de monos inteligentes nos convirtiera en esclavos y bufones.

Antes de tu llegada a este mundo mis actos estaban motivados por una mezcla un tanto desequilibrada de experiencias hedonistas, caos, declaraciones altisonantes, enemigos ficticios, demonios internos, literatura barata, noches interminables seguidas de días insoportables y en general de toda aquella experiencia trivial  que pudiera ser consumida de forma inmediata, sin dejar ningún tipo de rastro que mereciese la pena.  

Pero eso fue antes de tu llegada a este mundo.

Desde aquella noche de septiembre, como decía, esos dos conceptos abstractos a los que he prestado el traje de “cosmovisión” y “trascendencia” han ido ocupando cada vez más sitio en el menú diario de mis reflexiones, cada vez más desprovistas de todas las grasas  que los años errabundos fueron poniendo donde no debían.

Ahora estás tú, y el día que estés sólo – al menos en lo que a mí respecta- deberás lidiar con un contexto y con un legado. 

No quiero ponerme cursi pero es inevitable que te diga que considero mi absoluta responsabilidad tu venida y tránsito por este mundo, que tiene muchas cosas que disfrutar y muchas otras que padecer. En la medida de lo posible, además de disfrutar del orgullo de ser tu padre, es de justicia que te allane el camino y te dote de armas para enfrentarte a lo que se avecina.

Para ello trataré de inculcarte mi cosmovisión, y como herencia familiar  la fuerza de tu abuela, la honradez de tu abuelo, el sentido de la responsabilidad de tu tía. Trataré de hacerte comprender el sentido de la amistad, de la tolerancia, del respeto. Intentaré hablarte de los legados que me transmitieron los dioses que entraron antes de tiempo en mi Panteón. Te legaré el carnaval como pasión. La escritura como medio para expresarte, la lectura como medio para evadirte.

Te ofreceré un barrio para que comprendas que  nadie debe vivir sin un ancla  y nadie puede vivir sin un lastre. Cuando estés en disposición de comprenderme  tendremos alguna conversación sobre el lado oscuro de la vida, ese que está emboscado en los rincones del alma humana, y con el que tendrás la obligación de convivir y aprender a gestionar.

De igual forma trataré de que heredes el lema de mi vida, para que comprendas que la vida debe ser una fiesta, que  el sentido del humor alivia cualquier obligación, que minimiza las penas. Te hablaré del necesario desapego a las cosas materiales.

Me gustaría que ames las palabras como yo, que disfrutes con una oración subordinada, con un adjetivo en desuso. Que sepas transmitir la misma información de cien formas diferentes, para que así descubras el poder oculto que encierra un matiz. 

Si te gusta, como a mí, la política, te hablaré del patriotismo bien entendido, del concepto de estado, de la cosa pública, del arte de lo posible.

Como decía, sin decirlo,  mis actos ya no son sólo míos. En mucha medida son tuyos, ya que las primeras piedras de tu camino estarán determinadas por aquello que hagan quienes te trajeron a este mundo y torpemente van aprendiendo el oficio de padres.

Y para quien siempre se ha jactado de su individualismo, de cierta sociopatía, de actuar rápido  gracias a ir siempre libre de equipaje, de no dar explicaciones a nadie,  puede ser una pesada carga. 

Desde aquella noche de septiembre he refundido el caos de mis ideas para fraguar una modesta cosmovisión y he llegado al convencimiento de que, al fin, tengo un guion con planteamiento, nudo y desenlace. 

Yo te ofreceré lo que tengo y trataré de convertirte en alguien que merezca la pena. Más allá de mis actos materiales y espirituales tú serás el más importante legado que deje en este mundo.

Que no te engañen mis huesos de cuatro décadas, las canas de mi barba, la tristeza de mis ojos; no te dejes llevar por mi voz ronca, mi sarcasmo, la aparente seriedad que a veces uso como escudo para que nadie mire donde yo no quiero. 

Esta presunta  carga deja de serlo en cuanto abro la puerta y  me veo reflejado en el espejo de una mirada incomprensiblemente diferente pero idéntica a la mía. 

Cuando me miras y me sonríes, cuando saltas de alegría.

Cuando comprendo que llevaba esperándote toda la vida.

1 comentario:

libélula dijo...

maravillosa tercera carta a tu hijo...