jueves, 17 de octubre de 2013

GORRILLAS DE SANGRE AZUL.

Esta tarde el gorrilla que se aposta de diario en la calle donde está situada mi oficina me ha visto llegar andando y me ha espetado  el clásico:

"Buenas tardes"

Que como todo el mundo conoce corresponde al saludo iniciático  para dar comienzo a la habitual transacción: "yo te doy 60 centimos, tu no me jodes el coche".

Sin embargo esta vez, que venía de la parada del metro y no tenía el coche aparcado en las cercanías, me he limitado a responder al gorrilla con una sonrisa triunfal y un sonoro:

"Buenas tardes tenga usted"

Contrariado, el gorrilla me ha devuelto una mueca de digusto y aunque no musitó palabra alguna sus ojos decían claramente: "puede que no te haya visto aparcar, incluso puede que hayas llegado andando pero es evidente que esta calle es mía y no tengo del todo claro que no me tengas que dar la pasta igualmente".

Y me ha dado por pensar que quizás el gorrilla esté en lo cierto, que tantas mañanas y tardes de guardia, a sol y a sombra, con calor y frío, al pie del cañón,  las decenas de peleas con otros gorrillas que vienen a usurpar su territorio  han generado a favor de nuestro querido aparcacoches una suerte de derechos feudales y nobiliarios sobre la calle, de tal forma que no es descabellado que pida y cobre una suma por el simple paso y camino, de igual forma que los Barones y Condes exigían una décima de la harina del molino, dinero  por el paso del puente,  y el derecho de pernada sobre las hijas casamenteras.

Pensadlo: darle sesenta céntimos  por pasar caminando  responde al mismo leit motiv que darle cualquier cantidad de dinero por aparcar el coche en las cercanías mientras él permanece inmóvil en las inmediaciones  de su litrona.

Ambas acciones responden a un claro principio jerarquíco. Un sólida aleación de miedo al más fuerte y/o más arrojado con respeto reverencial al superior jerarquíco que da como resultado una clara prevalencia del aparcacoches en relación al ciudadano normal, en adelante plebe, chusma, gleva o mesnada.

 La vida bien organizada requiere de esta estructura social. Subordinados y líderes. Esclavos y amos. Lacayos y señores. Abogados y gorrillas.

Yo por mi parte rendiré homenaje ( en el sentido más medieval del término) a mi gorrilla y a partir de ahora le entregaré su canon de peaje todas las tardes, le daré la décima parte de la compra del  Carrefour, y le entregaré los dones de mis hijas (esto es más discutible, pero no rompamos la cadencia poética de la entrada...) a poco que alcancen la adolescencia.

"Buenas tardes picapleitos"

"Buenas tardes, mi Señor. Aquí tiene su diezmo".

Y que vivan las "caenas".

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