sábado, 14 de julio de 2012

Un abuelo sevillista.


Dice Valdano que el fútbol es la cosa más importante entre las cosas que no son importantes.

El Real Betis Balompié es una de esas entidades que, por razones imposibles de explicar debidamente, se encuentran a caballo entre la realidad y la mítica. El Real Betis Balompié es un equipo de fútbol de historial convulso, de enorme masa social, pero no sólo es eso. El Real Betis Balompié pulsa lo irracional, lo místico, y ser bético entronca con emociones  individuales y colectivas más propias de una religión que de un deporte.
              
Muchos han hablado ya sobre el “manquepierda” esa especie de filosofía vital abstracta que constituye la medicina constante para los sinsabores béticos. Muchos lo han hecho, repito, y lo han hecho muy bien. Este humilde blogger, que no está tan dotado para la definición de sentimientos colectivos como aquellos maestros, se limitará cerrar los ojos e intentar definir porque para él, el Real Betis Balompié, es la cosa más importante entre las cosas que no son importantes.

El Betis es mi infancia y adolescencia heliopolitana, como la fue de mi padre. Es la historia en blanco y negro de una interminable tanda de penaltis en el Vicente Calderón, con sabor a Transición, rematada con el grito de victoria de la legión de pobres del sur que silenciaron el rugido  del prepotente e industrializado león del norte.

El Betis es la historia de un puñado de locos que llevaron la fidelidad a sus colores más allá de las fronteras de la derrota constante y del polvo de los campos de Tercera, forjando de ese modo el blasón constante de los béticos posteriores: nunca importará la derrota porque la derrota forma parte esencial de nuestra historia y debe ser aceptada con naturalidad. Ser bético es lo único que realmente importa.

El Betis es, para quien suscribe, el grito  y el abrazo sentido de dos  cazorleños de Quesada,  provincia de Jaén, celebrando un gol cualquiera, de un partido cualquiera, y sin haber visto ni de lejos el Benito Villamarín, como si hubiera sido el gol de la victoria en la Champions. Lo vi con mis propios ojos.

El Betis, por supuesto, y aunque lo nieguen los puritanos, además del sentimiento propio,  supone no ser del Sevilla. Es más, ser bético es llevar a gala que en Nervión reside tu enemigo centenario. Quien no haya visto un derbi en el Gol Sur, quien no haya vivido la salida del Sevilla FC al terreno de juego en uno de esos encuentros de la máxima rivalidad, no sabe de lo que hablo, y no conoce el verdadero alcance de  la palabra ruido.

Yo no digo que ser bético, objetivamente, sea mejor o peor que ser de cualquier otro equipo. Sólo digo que confiere un marchamo especial que va más allá del fútbol. Vayan al Cabo de San Vicente, en Portugal, y cuando vean una bandera bética por el camino, sabrán de qué les hablo.

Es posible que nos lo hayamos inventado. Es posible que en realidad no seamos más que un equipo normal, residente en una ciudad de tamaño medio.

Pero llevamos más de cien años sintiéndonos especiales, únicos. La mera existencia del Betis, más allá de su evolución deportiva, la mera existencia de los béticos,  justifica todo lo que vengo diciendo.

Ser bético tiene un único premio: ser bético. Lo llevamos tan a gala que lo demás no nos importa. Lo llevamos tan dentro que, por mucho que otros ganen títulos ( y debemos felicitarlos por ello ) lo consideramos algo único, algo que debemos preservar para legar  a nuestros sucesores.

Un día mi abuela me contó que mi abuelo, sevillista de toda la vida, en una de esas tardes de domingo con aquel transistor enfundado en piel, celebró no del todo en silencio uno de los goles de la retransmisión deportiva. Mi abuela le preguntó si había marcado el Sevilla. Mi abuelo no contestó. De repente mi abuela, extrañada por aquello, hizo memoria. El Sevilla había jugado el día anterior.  Y uno de sus nietos, aquel domingo, asistía al Benito Villamarín con su casi recién estrenado carné de Voladizo.

Mi abuelo nunca lo reconoció, pero mi abuela siempre supo que estaba celebrando  un gol del Betis, su eterno rival, para no tener que enfrentarse a la cara de desilusión infinita de aquel chiquillo de 15 años. Su nieto. 

Que Dios les bendiga a los dos. Y al Betis que me los ha recordado



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