domingo, 8 de enero de 2012

SALDAR UNA DEUDA

Hoy no es tu cumpleaños, ni siquiera es el aniversario del día que nos dejaste, hace casi diez años. Es un día cualquiera, ni mejor ni peor que otros, un día de enero de estos que Sevilla alumbra, para que vayamos acordándonos de su primavera. He elegido éste día porque, simplemente, antes no tuve la serenidad necesaria para escribirte esta carta, estés donde estés.

En éstos casi diez años han pasado muchas cosas. Ha cerrado El Mundo ( ¿recuerdas aquella portera? ), se han prohibido las botellonas en la calle, tienes tres sobrinos, yo tengo un ahijado, tu Sevilla F. C vivió una de sus épocas mas gloriosas, y tus amigos han creado una asociación con tu nombre, para que sigas siendo nuestro socio y estés siempre presente cuando alcemos nuestras copas, como tantas veces hicimos.

Ya no hay noches como la de la bota de Simone, y los mendrugos de pan.

En éstos casi diez años tu padre se convirtió en mi maestro, tu hermano en mi amigo, y cada once de mayo, cada uno de ellos desde entonces, un motivo de alegría y de rencuentro, bajo la bandera de tu recuerdo. Sólo una mujer tan maravillosa como tu madre habría sido capaz de convertir cada once de mayo en una oportunidad de sacarte una sonrisa, allí donde estés.

Seguimos siendo los mismos que entonces, sin casi ninguna adición. Ya nos conoces, somos una tribu y no tenemos por costumbre aceptar a nuevos miembros. Pero quizás te guste saber que ninguno de ellos se ha caído de la lista, y que tu ausencia ha servido en más de una ocasión para volver a unirnos.

En éstos casi diez años algunos de tus amigos se han casado y tenido hijos, otros se han divorciado y han iniciado nuevos caminos pero te garantizo que todos ellos, sin excepción, te han tenido muy presentes en cada uno de los pasos importantes de sus vidas. Ahí residía tu principal cualidad (más allá de tu asombroso talento para la bebida): no pasar jamás desapercibido, y conseguir que tu ejemplo y forma de ser calaran hondo en cada una de las personas que se cruzaban contigo. De pocas personas se puede predicar lo mismo.

Sigues presente, casi diez años después, en nuestro lenguaje, en nuestro anecdotario, y en mi caso, querido amigo, en mi cosmovisión, en mi forma de pensar, y me has servido de referencia en múltiples ocasiones para saber que era lo correcto, lo humano, cual era el camino acertado. No siempre seguí tu consejo, ya me conoces. Y lo pagué.

Sé positivamente que te hubieras reído a placer con mis historias en estos casi diez años. Habrías censurado muchas de mis decisiones, y habrías empleado tu ironía para poner en tela de juicio ese ego desmedido del que me acusabas, a veces con algo de razón, a veces con toda la razón. Sé que te habrías reído al saber que me convertí en carnavalero, después de haberte cantado mil veces en las botellonas aquel pasodoble de La Trinchera, que me habrías criticado sin piedad, pero debes saber querido amigo, que si un día me decidí a subirme a las tablas, fue porque aprendí la mejor lección que nos dejaste: no pierdas el tiempo, conviértete en el protagonista de tu propia vida, no te conformes con la mitad. Mal o bien, he tenido presente esa lección, tratando de ser consecuente con la verdad, por dolorosa que fuera.

La distancia, querido amigo, no te ha restado ni un ápice de actualidad en nuestras vidas. Muy al contrario, permaneces inalterado en la memoria, congelado en tus 27 años, y si acudo mentalmente a tu recuerdo podría casi adivinar las palabras exactas que me dirías en cada ocasión. Quizás deberías sentirte orgulloso, aunque a medias, si te digo que algo de tu Fe se quedó para siempre en mi vida, al enseñarme, más allá de ritos y jerarcas, lo que es un seguidor de Cristo, por más que en ese aspecto, siga siendo aquel adolescente que se quedaba en clase cuando tocaba la misa semanal. Tú predicabas con el ejemplo de tu Fe, más allá de tu comodidad. Incluso un común amigo nuestro, ha seguido ese camino de madrugadas y cafés, para seguir asistiendo en tu nombre a los que viven en la calle.

Si pudieras bajar un día y darte una vuelta conmigo por esa ciudad a la que odiabas como cárcel y querías como cuna, te llevaría a la casa de todos nuestros amigos, y allí te sentirías orgulloso de cada uno de ellos, al margen de más de un comentario sarcástico. Qué quieres que te diga, querido amigo, han pasado los años, han crecido las barrigas, y se han ausentado las cabelleras. No siempre íbamos a estar de farra,¿ no?.

El bar en el que nos tomamos la última cerveza, aunque suene a canción de Sabina, ahora es un concesionario. Todo un signo de los tiempos. No hay vez que no pase por allí que no sonría ante la ironía del destino y no recuerde las palabras que me dijiste, proféticamente, y que todavía me provocan un escalofrío.

Hoy casi diez años después, te escribo para reprocharte que no hayas estado a mi lado durante el verano y otoño más peculiar de mi vida. Aunque tú eras de los que cómo yo, ibas hasta las últimas consecuencias, sin duda habrías sabido templar tanta energía sin destino y bajar convenientemente los balones al suelo, como hacía nuestro común ídolo Francisco.

Hoy, casi diez años después, y ahora que la primavera se acerca, y con ella el aniversario de tantas cosas, saldo la deuda que tenía contraída contigo. Hoy te escribo para rendirte el homenaje que te mereces, y para confesarte que muchos de nosotros consideramos obligado vivir todos éstos días que el destino te hurtó y a nosotros nos regaló, quizás sin merecerlos tanto como tú, en tu honor y un poco en tu nombre.

Ten por seguro que cada boda, cada copa, cada beso, cada hijo, cada lágrima, cada abrazo, cada buen consejo, y cada canción, han sido tu boda, tu copa, tu beso, tu hijo, tu lágrima, tu abrazo, tu buen consejo, y las canciones que aquel cruce fatal te robó. Nos robó.

Ten por seguro que cada uno de éstos casi diez años han sido en tu nombre.

Y han sido como vivir en el espacio, amigo, no lo dudes, aunque sin ti.

Cómo siempre me decías, hablando de fútbol, hay una especie de justicia universal que hace que cuando un tío se regatea a 5 contrarios, al final falle el gol. Tus amigos hemos regateado a esos cinco contrarios durante estos casi diez años, pero hemos fallado el gol de poder disfrutarlos a tu lado.

Maldita justicia universal y que manía de llevar siempre la razón, maldito Orejas.

Cuidate.

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